PROYECCIÓN A FUTURO DEL CONCEPTO DE LA MEDIACIÓN SOCIAL: ESCENARIO Y CONTEXTO

businesswomen and her team

La informalidad que anuncian la mayoría de las Leyes sobre mediación familiar (“la mediación constituye, por definición, un instrumento informal de solución de conflictos que no puede estar regido por rígidas reglas procedimentales…”), es una informalidad de ella misma como mecanismo regulador de una actividad profesional. Sin embargo, la función social del mediador familiar conlleva un alto grado de responsabilidad que sólo podrá sustentarse con decoro desde un elevado grado de formalidad personal y metodológica. La formalidad del proceso de mediación es un aspecto clave para que las partes consigan un resultado exitoso. Encaminar el trabajo de la mediación desde una perspectiva de futuro, es esencial para mantener en todo momento una idea de proyección, y no de revisión, en dicho cometido.

Y en eso quizás los profesionales en el mundo de la empresa, es donde pueden explotar todo su potencial, el management empresarial, haciendo más visible si cabe de forma sucinta esa sinergia de la que os vengo hablando, entre el Trabajador Social, y el Empresario

Vamos a hablar de que podemos hacer, aunque en ocasiones habrá que hablar de lo que se hizo. El porqué se hizo no tiene sentido. El para qué se hizo es el único sentido. Las personas hacen lo que hacen porque en ese momento fue lo que mejor sabían hacer, para bien o para mal. Pero (lo que está bien y lo que está mal), es un juicio moral que no nos corresponde. Sin embargo, en todo acto pasado o comportamiento presente, en todos, siempre hay una intención positiva, siempre hay un motivo lícito, loable, que nos permite revisar “ese pasado” desde otra perspectiva, desde otro punto de vista. Eso, en la mayoría de los casos, servirá para ir caminando en nuestra tarea. ¿Para qué se hizo la Ley de la Dependencia?. Todo tiene una intención positiva, sólo hay que “parar” y buscarla en ese momento, porque ahí estará. La oscuridad como contrapuesto a la claridad, es una cuestión de enfoque. Es como un “foco” que puede, y de hecho así ocurre, proyectar una y otra cosa. Ninguna de esas cualidades resulta prescindible. El mediador debe ayudar a proyectar claridad, a girar el foco. ¿Os suena verdad?. ¿Dónde están los claro-oscuros de la Ley de Dependencia?; ¿Cómo la podemos mejorar?

El reconocimiento de intereses es tarea de mediador. Supone de hecho una tarea de racionalización del problema, aunque en ocasiones también de “emocionalización” (si se me permite al expresión que no existe), aunque esto es tarea más delicada y compleja sobre la que se deberá operar con suma prudencia. Algunas personas son excesivamente racionales. Otras son excesivamente emocionales o emotivas. Es una cuestión de “compensación”. Cuando expresan su realidad (lenguaje verbal y no verbal), que nunca debemos discutir, comprobamos con claridad ese desajuste.

Pero, dentro del proceso de mediación, él o ella no harán nada por separado. Lo harán de forma conjunta con el mediador, de modo que, frente a lo que uno haga ya no cabe reproche porque el otro también ha participado. Lo mismo en el “otro” sentido. Así se comprueba haciéndoles notar esa participación, recordándoles que en ese acuerdo están presentes sus intereses.

El contexto que ofrece la mediación es otro elemento clave. Por utilizar un símil, se trata de crear junto con las partes, la idea de que ese momento  se introducen en un escenario diáfano, o dónde sólo quedan aquellas cosas que resultan útiles para crear una nueva obra en la que todos tienen su papel, su personaje. No es otra intención con la que acuden las partes a la mediación: su personaje. Ese nuevo “escenario” no puede crearse con viejos muebles, enseres y utensilios, decorosos para otros momentos ya superados. Es necesario airear la experiencia (no se debería poner trabas moralistas a las discusiones de los pacientes. Debe permitirse el más alto grado tolerable de discusión entre las partes para que exterioricen emociones y sentimientos reprimidos.) El punto clave, el “giro” del foco hacia otra realidad, es sutil tarea del mediador. ¿Quién marca los movimientos sobre el escenario, el actor, el foco?. No hay posibilidad de una mediación productiva cuando no se permite a las partes que expresen sus “motivos” y se les haga observar ciertos matices que les pasan inadvertidos en esa dinámica destructiva que supone enfadarse “en público”. Tampoco habrá indicios de éxito cuando se propicia o incluso se exige, en aras del decoro u otros prejuicios morales del propio moderador, que las personas “olviden” o “repriman” esas emociones pasadas.

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